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Declaración de Luna amarga

​

 

Hace ya años,

y un día,

que nos conocimos.

Desde entonces, la luna lleva tu luto.

Las piedras del río ya no saben quiénes son,

y el agua,

que siempre supo de nosotros,

pasa de largo

con la boca llena de barro

y un puñado de domingos muertos.

 

Los olivos ya no se reconocen.

Tienen las raíces llenas de preguntas

y las ramas torcidas de tanto señalar tu llegada.

 

Y tú… tú no vuelves.

 

Hay una silla vacía en el porche,

un candil que tiembla a oscuras,

y un café

que se bebe la tristeza.

 

Tú te quedaste fuera,

al otro lado de todas las estaciones,

donde los relojes dan las horas sin campanas,

y los hombres mueren sin cerrar los ojos.

 

Y al final, el respiro te olvidó.

Se llevó tu sitio,

tu sombra,

la huella de tus pasos

y aquella última palabra.

 

Yo sigo aquí,

con los bolsillos llenos de esperas,

desayunando escarcha

y cenando los restos del nosotros.

 

Porque hay amores que no se marchan:

se quedan al borde,

como una estrella apagada

que se cree que todavía alumbra.

 

Hace ya años y un día que nos conocimos.

Y todavía los olivos levantan la cabeza,

las piedras del río guardan silencio,

y mi corazón,

ese animal que no aprende,

corre hacia la luna por si

esta vez la noche te devuelve.

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